A veces te llevas de una comida una pregunta muy sencilla: ¿qué era aquello? Te gustó una textura, un condimento o algo cuyo nombre no conocías. Averiguarlo sirve si quieres volver a pedirlo. Pero, en un izakaya, la respuesta también puede acercarte un poco a la vida que hay detrás de la carta. Una noche me pasó con un plato de sardinas fritas.
Esta nota empezó con una pregunta que veo repetirse entre viajeros. La respuesta es mía y nace de vivir en Tokio, no de una lista de resultados de búsqueda.
Esas conversaciones con el dueño también forman parte del placer.
Parecía firme. Por dentro era increíblemente esponjoso.
Me encanta mirar la carta de un izakaya de los de antes e imaginar cómo irá la noche: primero este plato con una cerveza; después, aquel otro con un poco de sake. Elegir ya es parte del disfrute. En esta visita, el plato que escogí para acompañar la cerveza estaba hecho con sardinas.
No recuerdo su nombre exacto. Por su aspecto esperaba una textura firme, pero por dentro era increíblemente esponjoso. Estaba buenísimo. Hablando con el dueño, me contó que la mujer que llevaba el izakaya había adaptado una receta antigua y que llevaban cincuenta años sirviendo esa misma versión. Es la historia que me contaron allí, no un dato histórico que haya comprobado por mi cuenta.
La foto muestra otra parte de la cena
El pescado de esta fotografía no es el plato de sardinas fritas. Es un ayu con huevas guisado con sansho, que tomé con sake. Quiero dejar clara la diferencia: la foto de un plato no explica los ingredientes ni la preparación de otro.
Para mí, lo que une ambos platos es el placer de elegir qué viene después. No propongo un orden correcto para las bebidas, ni hace falta beber alcohol para disfrutar de un izakaya. Así fue mi noche. La sorpresa de las sardinas y la conversación que surgió alrededor del plato importaron tanto como las combinaciones.
Empieza por lo que de verdad quieres saber
Si un plato te llama la atención, basta con una pregunta sencilla: ¿cómo se llama?, ¿cómo se prepara? No necesitas una frase ingeniosa ni un plan para hacerte amigo del dueño. Señala el plato en tu propia carta y pregunta brevemente. Si quieres recordar el nombre, puedes pedir que te lo escriban.
Si no compartís idioma, una pregunta corta traducida puede ayudar, aunque quizá no dé pie a una conversación larga. Una respuesta breve también sirve. Si necesitas evitar algún ingrediente, pregunta con claridad antes de pedir; una foto o el nombre que recuerdas no bastan para saber qué lleva la versión de esa cocina.
Deja que una pequeña conversación sea pequeña
El dueño tiene un restaurante que atender. Si está llevando platos, tomando nota o intentando ponerse al día, yo dejaría la pregunta para un momento más tranquilo. Si la respuesta es corta, da las gracias y disfruta de la comida. Una buena cena no tiene por qué venir acompañada de una historia.
Y cuando llega una historia, tampoco hace falta convertirla en una entrevista ni grabar a quien la cuenta. A mí se me quedaron la textura inesperada y saber que aquella receta llevaba tanto tiempo en esa cocina. Puedo compartir ese recuerdo sin dar el nombre del restaurante ni convertir a su dueño en parte del itinerario de otra persona.
En tu próxima comida, si algo te despierta curiosidad y el momento es adecuado, haz una pequeña pregunta. Quizá te lleves un nombre para recordar. Quizá escuches una historia. O quizá simplemente termines un plato buenísimo. Ninguna de esas posibilidades es un mal resultado.
